Los chacales tiemblan de miedo en sus guaridas. Lobos y leones huyen pavoridos donde nadie los pueda ver. La serpiente se desliza por la hendedura de los peñascos, movida por el instinto de alejarse del veneno.

El jabalí, declinando ser vehículo de homéricas furias, busca la campiña remota para perderse entre las flores. La rabia de los perros salvajes se disipa. Los tiburones de agudo colmillo escapan a las profundidades oscuras y frías del océano, para encontrar algún refugio seguro.

Toda la natural ponzoña merma.

Toda la sangre en las garras se lava en la corriente de vírgenes arroyos.

Toda la rapiña del buitre en los campos desaparece.

Porque la naturaleza presiente que son tiempos de una maldad superior; de una maldad muchas veces conocida, aunque al mismo tiempo siempre nueva.

No la que engendra, a veces ineludiblemente, la pugna por la supervivencia, sino la que se complace en los horrores de la industria militar: de la bala, de los tanques, del misil, los buques, las bombas sobre niños, jardines, canciones de cuna, pacíficos abuelos.

Es el eterno retorno de la bestia enceguecida y furibunda que un día inventa la delicia del fuego en las cavernas, y al día siguiente concentra ese fuego en fórmulas atómicas que fisionan para evaporar en segundos millones de almas.

Maldad que se relame los bigotes entre copas de champán.

Para ella, un Palestino menos es un cero más en la cuenta de banco.

Un Palestino menos es un lujoso departamento más en la nueva Tierra Prometida, ese lugar de veraneo que un imperio depravado proyecta construir sobre los hogares demolidos y los cuerpos de los miles de inocentes ultimados en Gaza.

Un Palestino menos, aniquilado por la bala o por el hambre, es un garantizado contrato inmobiliario en el próximo futuro, un premio literario por no hablar del genocidio, una medalla de honor por el disparo certero a larga distancia.

Un Palestino menos es, además, el nuevo triunfo del cinismo, de la indiferencia, del desapego, de la más inhumana y sórdida comodidad.

Es la patente comprobación de que aún seguimos en la cueva, mirando como imbéciles la trémula sombra en las paredes, eternamente temerosos de la luz, decididamente nulos para el amor y la indignación, negados sin remedio al valor de luchar contra toda clase de injusticias.

Recuérdalo:

Si es verdad que un Palestino menos suma muchos ceros en las ominosas cuentas bancarias de trump y netanyahu, no menos cierto es que también suma ceros -de una forma diferente- a la desdichada cuenta tuya.